lunes, 21 de marzo de 2011

El guardafaro

Estoy de vacaciones y hace unos días que llegué a este alejado lugar donde se levanta uno de los faros más pintorescos de la costa patagónica.

Llegué en mi automóvil invitado por un viejo amigo de mi familia y que hacía diez años que era el guarda-faro. Era marino jubilado. Vivía allí con su esposa. Su nombre es Martín y Elena el de ella.

Tiempo atrás me había enviado un mail invitándome a que los visitara y pintara según afirmaba las salidas y puestas de sol aptas sólo de de ser gozadas por poetas y pintores melancólicos.

No lo dudé un instante, contesté enseguida el mail que viajaría y aquí estoy ahora caminando por la playa solo.

El viento me da de lleno en el rostro. Al respirar siento el fuerte olor del mar cuyas olas mojan mis zapatillas que se hunden en la arena unos pocos centímetros.

La sensación de plenitud y felicidad que da el caminar a la orilla del mar brinda a la imaginación la oportunidad de olvidarse por momentos de uno mismo y tener la sensación de ser parte del paisaje.

La mente primero se tranquiliza, luego de maravilla y después se abandona a los efluvios del mar.

Coloqué el caballete y comencé en la cartulina a dibujar con lápiz los contornos del paisaje marino que tenía frente a mi vista

Tuve la sensación de que alguien me observaba. Al rato abandoné el esbozo y volví al faro donde me aguardaba el guarda-faro y su esposa quien me ofreció una taza de café caliente.

Conversamos largo rato. Antes de irme a la cama a dormir en la habitación que me habían asignado, busco –movida mi mente por un impulso extraño- la escalera caracol y subo lentamente cada escalón hasta llegar al balcón circular que se encuentra por debajo de la poderosa linterna cuyo haz de luz gira en redondo.

Desde allí puedo observar el firmamento y el negro horizonte a lo lejos. Apoyado sobre la baranda distingo a lo lejos una antigua goleta con sus velas desplegadas que se venía acercando hasta un amarradero cercano al faro.

Desde la cubierta una bellísima joven de piel morena me saluda levantando su brazo y agitando suavemente la mano. Le devuelvo el saludo.

Todo esto lo observo con un telescopio de larga distancia que gira sobre un eje. Rápidamente desciendo al piso inferior para comentarle a Martín lo que había visto.

En unos pocos minutos subimos y luego de que éste mirara por el telescopio, me comenta que no veía ninguna embarcación como yo le había dicho que había visto un momento antes.

Esto me puso mal, no podía creer lo que me decía Martín, por lo que agarro nuevamente el telescopio y compruebo con desazón que Martín tenía razón, no había nada.

Lo único a la vista era la alta marea en pleamar inundando la arena de la solitaria playa.

Para tranquilizarme Martín me dice que asomarse al mirador produce un vértigo que suele ser posible causa de alguna alucinación pasajera.


Para no discutir y no prolongar el cansancio que me vencía le dije buenas noches al hospitalario guarda-faro y me fui a dormir.

Me meto en la cama y quedo profundamente dormido y comienzo a soñar con la misma mujer que había visto sobre la cubierta de la goleta. Su belleza era extraordinaria. Su figura espigada se parecía a una tallada escultura.

Sus suaves facciones eran de una diosa griega. Sus senos y brazos firmes, su espigada silueta, sus labios rojos y bien dibujados como color de cereza y sus cabellos largos ondulados color negro.

Pero eran sus fantásticos y profundos ojos negros lo que más conmoción me producía, me rodeaba el cuello con sus brazos y sus delicadas manos me acariciaban los cabellos. Al acercar sus labios a los míos, siento el suave aliento de su tentadora boca.

Al despertarme a la mañana tenía aún en mi boca el sabor de la suya, lo que me hizo dudar si se trató de un sueño u otra cosa.

Al rato subo a la cocina y le digo a Elena que no me hiciera el desayuno porque quería ir temprano a la playa para terminar de pintar lo que había dejado inconcluso el día anterior, por cual me llevaría el equipo de mate.

Me tomó toda la mañana y parte de la tarde concluir el cuadro. La pinté a ella tal como la había visto de lejos la primera vez y de cerca durante el sueño.

Cuando estaba terminando el cuadro, volví a tener la sensación de ser observado. Es una sensación extraña que no se puede explicar.

Ya era tarde cuando estaba llegando al faro y veo que en la puerta me esperaban Elena y Martín.

Al entrar me explicaron que se habían puesto un poco nerviosos por mi tardanza ya que pensaron que me había sucedido algo malo.

Luego de terminada la cena les muestro a Elena y Martín el cuadro y al observar la figura de la mujer que yo había pintado, la cara de sorpresa de ambos me hizo suponer que sabían quién era. La mirada azorada de Martín al examinar el cuadro y las lágrimas de su esposa me dejaron paralizado.

Cuando se tranquilizaron me contaron que la hermosa joven que yo había pintado se llamaba Abigail y que había sido invitada a navegar en un velero que había desaparecido en alta mar hacía cinco años sin que se supiera más nada de ella y del resto de los pasajeros.

Permanecí casi un mes en ese lugar. Siempre que me detenía en un lugar alejado de la playa, sentado sobre una roca Abigail me sorprendía mientras yo estaba sumido en mis pensamientos y fantasía.

Al instante la abrazaba y la besaba hasta que anochecía, y al separarnos, ante mis ruegos me prometía irrumpir mi sueño. Pero según me dijo, para que esto sucediera, yo debía antes de dormirme subir al torreón.

Desde allí veía encenderse una luz que en forma intermitente brillaba a lo lejos sobre las inquietas aguas del mar. Oculta tras un manto de nubes la pálida luna teñía de plata la oscuridad de la noche.

Ya han pasado dos años desde que volví de ese maravilloso y extraño faro y sucede que apenas abro los ojos al levantarme a la mañana, descubro que ella está a mi lado. Me mira a los ojos, se ríe y me deja. Luego regresa fresca como la rosa, como la blanca paloma que con su ala en mi ventana golpea.

(L.A.I.)






LAS VACACIONES DE CARAMELITO


Hay en Uruguay una playa paradisiaca sobre el Océano Atlántico. Allí se encuentra Caramelito de vacaciones. Hace una semana que ha llegado con unas amigas desde Córdoba.

A su alrededor van y vienen los turistas cuyos rostros reflejan alegre despreocupación. Piensa en los otros rostros de fatiga y crispación que tiene que ver en su trabajo de empleada judicial.

Lentamente transcurre para ella el venturoso y cálido febrero lejos de su casa. Ha recorrido más de mil km. para disfrutar de la playa y el mar cuyo aire vivificante llena sus pulmones.

Tiene muchas ganas de enamorarse de alguien que valga la pena, ya que su corazón no es fácil de conquistar por más que ella se empeñe.

Ha caminado por la playa a veces sola y otras veces con sus amigas. La playa le parece maravillosa. El sol deja allí su brillante oro.

Allí llegan y mueren las olas que empuja el mar que sufre la irresistible atracción del sol y la luna. También el amor es así: atracción, torbellino, oscilación y vaivén, calma y desaparición.

Esto es lo que pensaba Caramelito mientras hunde sus pies desnudos en la arena. Luego se acerca a la orilla y se moja hasta los tobillos y luego hasta las rodillas, lo que le produce un agradable escalofrío.

Después que se ha mojado hasta la cintura, vuelve a la orilla y se tiende feliz sobre la arena a gozar del sol.

Sus cinco sentidos están como anestesiados por el rumor incesante del mar y la brisa que lleva un aire cargado de aromas y sonidos de las cercanías.

Sin éxito sus amigas quieren que vuelva a mojarse con ellas, pero una dulce somnolencia cae sobre ella y hace que se duerma plácidamente sobre la arena. La belleza de su rostro y de su cuerpo les hace a los bañistas volver sus ojos hacia ella.

A los varones que momentos antes la vieron salir del mar les pareció un regalo para sus ojos. Era como una joya traída por las olas, como un halago del océano a la playa.

Así llegó un ocaso que enrojeció las nubes y poco a poco la playa fue quedando solitaria hasta que la noche la cubrió con su oscuro manto.
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Temprano esa mañana las aves que habitan el bosque cercano saludaron el día con sus melodiosos trinos. Caramelito a esa hora dormía en la habitación donde se hospedaba. La noche anterior había estado en un boliche adonde había ido con sus amigas a bailar.

En el boliche bailó con todos los muchachos que la invitaron, sin rechazar a ninguno. Pero ya al final, se le acercó uno, diciéndole: “Buenas Noches Señorita, ¿Sería tan amable de concederme el último baile de la noche?

Y sin darle tiempo a nada, le insiste, añadiendo: “Vamos” para que se decidiera y tomándola suavemente del brazo la guió hasta el centro mismo de la pista de baile. Al no negarse Caramelito ni expresar ningún tipo de negativa, le dio a entender que aceptaba la invitación.

Con suavidad la tomó de la cintura y bailaron al son de la música de una canción cuyo título a Caramelito le resultó muy sugestivo para ese momento de vulnerabilidad repentina. (1)

Ella se turbó un instante al mirarlo a los ojos y, a su vez, al sentir el cálido contacto de sus manos con las suyas. Él, con una sonrisa, hizo un elocuente gesto, dándole a entender que la letra de la canción se refería a ella.

Cuando terminaron de bailar se dio cuenta que se sentía fuertemente atraída por ese hombre que debía tener alrededor de 35 años, ya que las arrugas de su frente revelaban que no era ya un muchacho, pensó Caramelito.

Antes de separarse, él le hizo un gesto gracioso, diciéndole: “Muchas gracias” y le tendió la mano para despedirse.

Le dio un beso primero en la mejilla y luego en la mano que, instantes antes tenía retenida en la suya. Dos movimientos o actos que dejaron gratamente sorprendida a Caramelito.

Al llegar al hotel, Caramelito se decía a sí misma si era normal que por ese encuentro su corazón tan pronto funcionara como reloj a destiempo. Durante el tiempo que bailaron ninguno de los dos se preguntaron sus nombres.

Esa mañana se dio cuenta al despertarse que pensaba en él. Intentaba sacarlo de su cabeza y no podía olvidarlo. Al prender la radio oyó que cantaba Chayanne (2) un tema que más la predispuso a asociar esa canción con lo que le estaba sucediendo a ella.

Apagó la radio cuando sus amigas entraron a la habitación y la alborotaron un rato. Luego todas tomaron sus bolsos y se dirigieron a la playa.

Colocaron las esterillas sobre la arena y se acostaron boca abajo para recibir los rayos del sol en sus espaldas y en las partes elevadas donde quedan subyugados los ojos varoniles.

Caramelito cerró sus ojos para convocar en su mente la visión que le producía una fascinación que la abstraía de la realidad. Se complacía con sólo pensar en quien le robó su tierno corazón en un instante.

El sol de la tarde resplandecía sobre su delicada piel y su rostro lucía una tonalidad mate intermedio entre el caoba y el castaño que la hacía tan bella como la nube que el sol coloreaba en ese grandioso atardecer que caía sobre el suspirante mar y la melancólica playa.

A sus amigas les había contado lo del beso en la mano y a aquéllas les había parecido pasado de moda ese gesto de galantería. Pero añadieron que era algo muy romántico si se hacía con naturalidad. A lo que les contestó que de esa manera había actuado el hombre que la había cautivado esa noche.

Pasaron varios días y no lo volvió a ver cuando fue con sus amigas al boliche. Lo mismo bailó con los que la invitaron a bailar pero ninguno pudo llamar su atención como lo logró “El besamanos”, como comenzó a llamarle al misterioso personaje.

Pensaba que tal vez se lo encontraría en la playa del soleado balneario, en la rambla de la costanera o en las calles céntricas al pasear y mirar las vidrieras de los comercios con sus amigas.

Una mañana caminaba sola por la playa y resolvió llegar hasta el faro que desde lejos veía que estaba enclavado en las rocas.

Siempre le parecieron que los elevados faros en las costas marítimas eran un símbolo muy romántico.

Pensaba así en razón de que en la noche su potente luz giratoria es un punto de referencia para los barcos que navegan desorientados.

Y de día es una torre elevada que invita a los ojos a contemplar el horizonte y el vaivén de las suspirantes olas que arrastra la marea hacia la playa donde dejan su enamorada espuma.

Con estos pensamientos iba caminando cuando para su sorpresa, observa que el hombre en el que había estado pensando, se acercaba distraídamente hacia ella. Temía que no la reconociera.

Pero no fue así, ya que cuando estaba casi frente a ella, inmediatamente la reconoció. La cara de él se iluminó al verla.

La saludó con una gran sonrisa, sin ocultar la alegría que le producía haberla encontrado nuevamente y así se lo hizo saber.

A ella le pasaba lo mismo. Intentó parecer indiferente de manera amable, pero lo disimuló bastante mal.

Las palabras que él le dirigía, revelaban claramente el conocimiento de los poetas líricos. Le tomó ambas manos, sin que hiciera ella ningún ademán para que se las soltara.

Caramelito supo entonces que se llamaba Miguel Ignacio y que era el encargado del Faro, el guarda-faro como se acostumbra decirle a ese oficio, razón por la cual “Salvador” era su apodo.

Le explicó que ese era el motivo por el cual no había podido ir las noches siguientes luego de que se conocieran.

Mientras hablaban pasó al lado de ellos un nutrido contingente de turistas que se dirigían a visitar el Faro, agolpándose para ingresar.

Salvador entonces le propone ir a conocer el faro, aceptando Caramelito la feliz invitación y, para su mayor entusiasmo, aquél le manifiesta que para contemplar la inmensidad del mar y la lejanía del horizonte, no hay mejor lugar que desde lo alto del faro.

Subieron por la escalera caracol que hay dentro del faro y al llegar a la cúspide, Caramelito sintió que le daba en pleno rostro el viento que venía del mar, como dándole un abrazo de bienvenida.

Ambos contemplaron el paisaje que tenían frente a sus ojos. Caramelito sintió como un éxtasis y un sobrecogimiento ante el maravilloso espectáculo del mar y el celaje que caía como una cortina sobre la sutil línea del horizonte.

Salvador vio que los ojos de Caramelito reverberaban la luz solar y traslucían su felicidad. El deslumbramiento del día estaba en su apogeo.

A Caramelito el paisaje le pareció mágico. Desde esa altura tuvo como una sensación de que el tiempo se detenía. Tardó un rato en volver a la realidad.

Luego, mientras descendían por el mismo lugar por donde habían subido, Salvador le contaba a Caramelito en qué consistía su labor en el Faro y los horarios nocturnos que cumplía.

Le contó que había nacido en Chubut, en la ciudad de Trelew donde vivía una parte del año. Y que trabajaba verano de por medio en dos lugares: en un faro de Puerto Madryn y en el que estaban ahora, dado que hacía investigaciones por ser biólogo marino.

Los días que siguieron a este feliz encuentro fueron esplendorosos. Se encontraban en la playa cuando Salvador estaba libre y hacían largas caminatas o andaban en bicicleta cuando querían llegar más lejos.

Vieron atardeceres y auroras que parecían salidos de la paleta de un pintor gigante e invisible Esa Naturaleza, la que hace sus obras de maravillosa hermosura sin esperar ninguna recompensa, a diferencia de los hombres que nada hacen sin un interés, pensaba en voz alta Salvador y escuchaba Caramelito.

Ese día se zambulleron en el océano y casi sin aliento volvieron a la playa tiritando donde estaban las amigas de Caramelito tomando mate.

En la playa se tendieron a lo largo en la fina arena y se taparon bajo una manta para entrar en calor.

Las manos de Salvador buscaron las de Caramelito y entrelazando sus dedos con los de ella, le aproximó sus labios y comenzó lentamente a besarla en la cara para luego detenerse en la jugosa boca de esa mujer que abrazaba y estrechada contra su pecho.

Caramelito hubiera querido que ese momento no acabara y se prolongara indefinidamente. Su corazón palpitaba acelerado y sus latidos le parecían que sonaban como en un parlante amplificador que todos podían escuchar.

Esto le produjo una sensación muy intensa, un desfallecimiento de su ser femenino. Hasta este punto llega este relato, ya que los momentos que siguieron hasta el último día que Caramelito permaneció en ese lugar de Uruguay donde pasó sus vacaciones, le brindaron una dicha que le hizo decir: “Esta dulce y suave tristeza que deja el amor es comparable al día que se apaga para cederle a la noche el resplandor que hace brillar la luna”.

Ahora ya de regreso Caramelito de sus vacaciones, ha retomado su rutina de trabajo en Córdoba, mientras aguarda noticias de Salvador, quien ha vuelto a Trelew, donde seguramente andará ocupado en sus trabajos y estudios para la protección de las creaturas marinas, ballenas, lobos marinos y aves que sobreviven en un medio ambiente amenazado por la insensatez e incuria del hombre.

Pero hay un hombre que escribe en su Diario los informes sobre el estado de salud de la Madre Naturaleza. Ese hombre, el guarda-faro Miguel Ignacio, a quien le llaman Salvador, está preparando un mail para enviarlo a Caramelito a quien ama y piensa todo el tiempo.
(L.A.I.)

(1) Dame tu consentimiento http://www.youtube.com/watch?v=QjNCciYm49o
(2) Me Enamoré de Ti http://www.youtube.com/watch?v=YJJbrBEZqy8
Nota: Estos link de enlaces, cópialos y pégalos en la barra de tu navegador.


3 comentarios:

  1. ES BELLO LEER LO QUE ESCRIBE..DELICADEZA..BUEN GUSTO...FELICITACIONES.

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  2. ESCRIBE UD.CON EL ALMA CON DELICADEZA Y BUEN GUSTO

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  3. SOÑAREMOS CON MIGUEL IGNACIO O SALVADOR O COMO SE LLAME...CON ESTA HISTORIA SOÑAMOS TODAS O CASI TODAS LAS MUJERES ...

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