Miniprólogo
Queridos amigos: Esta pequeña historia tiene que ver con los floridos sueños que todos hemos tenido, lo que hizo decir al poeta ¡Es mía el alba de oro! Por ello y por cierta promesa que le hice a una amiga de que intentaría alguna vez escribir algo que ardiera como un pequeño fuego, lo que sólo se obtiene si alcanza el grado Fahrenheith 451 (la famosa novela de Ray Bradbury) que es la temperatura en que arde el papel. Entonces me puse a escribir, aunque no en el papel. No sé si logré dicha temperatura. Juzguen uds. Sé que ello es muy difícil, pero no olviden que también al hombre se lo conoce por sus fantasías, ilusiones y sueños cumplidos que son experiencias e historias que a otros pueden pueden conmover de la misma forma que conmovió al que las vivió. Les deseo a todos: ¡FELIZ AÑO NUEVO!
Si las flores durmieran
Fatigada del baile,
encendido el color, breve el aliento,
apoyada en mi brazo,
del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.
Como en cuna de nácar
que empuja el mar y que acaricia el céfiro,
tal vez allí dormía
al soplo de sus labios entreabiertos.
¡Oh! ¿Quién así -pensaba-
dejar pudiera deslizarse el tiempo?
¡Oh, si las flores duermen,
qué dulcísimo sueño!
(Rima XVIII, Gustavo Adolfo Bécquer)
En Buenos aires transcurría plácidamente la vida para los tres primos extasiados por el deslumbrante sol del verano y la insinuante luz de la luna porteña. Era el mes de Diciembre de 1968 y hacía poco que habían terminado las clases en el Colegio Domingo Faustino Sarmiento y se aprestaban a gozar de las vacaciones en ese delicioso lugar de Vicente López, ese dulce oasis situado en Avenida del Libertador 661, donde el natatorio está por encima de los techos.
Durante ese exultante verano los tres primos respiraban el aire impregnado del perfume de las flores de un exuberante jardín secreto, escondido en sus sueños donde las pletóricas y bellas adolescentes las asociaban a las flores, y a sus brazos, piernas, senos y labios con los pétalos de las rosas. Cercanos a las nubes y a la refrescante lluvia que moja las calles y los árboles, esa que llora sobre los cristales y termina en el Río de la Plata, cuyas sucias aguas bañan la rivera de ese romántico enclave, oasis veraniego de las ansias juveniles de quien esto escribe.
La exageración de sus gestos delataba su inexperiencia. Esa noche querían los tres probar el sabor de una boca de fresa. Para ello habían ensayado letra y discurso que debía ser tan interesante como la del Príncipe Valiente para que le prestara oídos el sexo opuesto y llamar su atención. Esa noche la música transmitía la alegría de la contagiosa diversión que hasta los árboles y las flores parecían querer bailar al compás de la música, mientras la luna se reflejaba en el espejo del río.
Los adolescentes que bailaban movían sus cuerpos con paso a la moda. La mágica voz de Miriam Makeba cantando el “pata-pata” producía un encantamiento tal que invitaba a sumarse a la ronda de los bailarines y bailarinas que se agitaban al aire libre, mientras llovía el papel picado que desde el balcón arrojaban los muchachos y muchachas que habían organizado el baile de esa noche.
Uno de los primos, el del medio, descubre a una chica con rostro y gracia angelical (luego supo que tenía 15 años de edad) y que estaba sentada junto a sus padres, en un momento su mirada se había cruzado con la suya, por lo cual sintió que se le aceleraba el corazón y por más que intentaba mirar para otro lado, volvía a encontrarse con esa dulce mirada.
Luego de luchar y vencer a su timidez y cuando se disponía a invitarla a bailar caminando hacia la mesa donde estaba ella, un muchacho (integrante del grupo líder de la fiesta) se le adelanta y la saca a bailar, aceptando la bellísima muchacha para no desairar a quien la había invitado primero, lo que decepciona y entristece al que la había mirado a los ojos y sentido un sacudimiento que le agradaba y disgustaba a la vez.
Desde lejos la contemplaba con aturdimiento y sufrimiento como ella se deslizaba por la pista tomada de la mano del muchacho quien la retenía cuando la bella muchacha quería volver a la silla donde estaba sentada antes. Verla bailar lo dejó extasiado, pero queriendo ocultar sus sentimientos por la decepción de verla bailar con otro, y no queriendo que nadie lo viera amargado, se retira un rato con sus dos primos al bar que está debajo del natatorio-terraza en donde pidieron unos sandwichs y unas gaseosas.
Así, luego de un buen rato y fingiendo haberse olvidado del hada imposible de sus sueños, en la pista de baile se produce un tumulto, por los que todos salen para ver lo que ocurría, salvo él y escucha instantes después que alguien decía que una chica se había caído desvanecida mientras bailaba.
Sale del bar con sus primos y comprueba que la desmayada era la chica con la que había intercambiado miradas, la sostenían y la llevaban hasta su mesa, mientras que uno de los presentes que era médico tranquilizaba a los padres de ella diciéndoles que sólo necesitaba descansar un rato y que lo que le había sucedido fue algo pasajero.
Esto a él lo deja conmovido y con una duda en su corazón que parecía presentimiento, sin llegar a decidirse, pues ya en otras ocasiones le había sucedido que lo que le parecía una corazonada había sido tan solo una amarga y engañadora apariencia, por lo que alejó estos pensamientos que le sugerían que tal vez la causa de ese desmayo podría ser la fingida indiferencia que él esgrimió como escudo para protegerse de ella y sus encantos.
Quiso irse y dejar la fiesta y olvidarse de todo. Se dio cuenta que en esas pocas horas sufrió la pérdida de algo que no había siquiera conquistado. Le pareció que su ilusión lo engañaba y le hacía ver una especie de ángel escapado del paraíso. No sabía si estaba enojado con ella o con él mismo. Pese a sus dudas, no se fue y esperó, se tranquilizó y un rato después pasó al lado de ella, la miró a los ojos y vio que los tenía inocentes, celestes y que le hablaban. Caminó unos pocos pasos a lo largo del parque, pasó debajo de los silenciosos árboles y se inclinó sobre la escalera de piedra que conduce a la rivera donde llegan las aguas del río, sintió el murmullo que producían las pequeñas olas al chocar contra el muro y vio que la luna bañaba con su extraña luz el anchuroso y triste río.
Al cabo de un rato, vuelve sobre sus pasos y cuando regresaba al lugar donde estaba reunida toda la gente, a mitad del trayecto la encuentra de frente y sola. Le pasa al lado, casi se rozan, una farola alumbra sus rostros para que no tengan dudas uno del otro, él intenta hacerse el distraído sin detenerse pero se detiene y le habla, primero se presenta y luego le pregunta si se encontraba mejor tras su desvanecimiento y ella con el rostro sonriente y sus ojos muy abiertos le responde que sí, que ya estaba bien, que no había sido nada, sólo un pequeño mareo que la hizo caer unos instantes al suelo.
Él como si estuviera inspirado le dice: Si te sientes mejor, entonces te hago una invitación: me harías el honor de bailar conmigo, pero me tendrás que enseñar a bailar bien el pata-pata. ¿Aceptarías? Ella aceptó y caminan un trecho hasta la pista mientras se preguntan sus nombres y otras cosas típicas de adolescentes de esa época.
Los bellos ojos celestes, la delicada y fina silueta, el vestido de gasa color blanco y rojo y la dulce y arrulladora voz femenina impactaron de tal manera en él que cuando comenzaron a bailar sintió una felicidad tan inmensa que se preguntaba si no sería un sueño lo que estaba viviendo. Espejismo, sueño o realidad, lo cierto que tuvo una sensación de absoluta debilidad al acercar suave y delicadamente su pecho al de ella, sintió su seno y su corazón que latía con palpitante ritmo, y se dio cuenta que ella temblaba de la cabeza a los pies. Abrazados mientras bailaban y enlazadas las manos fuertemente, él notó que ella lucía una guirnalda de flores que tenía puesta alrededor de su hermoso y delicado cuello, la cual le dieron al comenzar el baile.
Cuando se miraban a los ojos, las pupilas de ambos brillaban como pequeñas luces de bengala. El sonido de la música los obligaba a hablarse al oído y este contacto les producía un estremecimiento recíproco. Bailaron sin parar, el tiempo parecía deslizarse con una magia que los hacía soñar despiertos que volaban por momentos a un invisible y maravilloso lugar de ensueño y él pensaba que las flores y las hadas son la misma cosa. Y ella, que una mirada puede causar una extraña atracción imposible de evitar.
El baile la había fatigado y paró de bailar, por lo cual se apoyó en el brazo de él que vio que ella tenía encendido el color de sus mejillas, percibió su respiración breve, su exquisito aliento y observó que, con dulce y acompasado movimiento, las flores de su guirnalda se mecían sobre la blusa que su palpitante seno levantaba. Le acarició su rostro y le dijo un secreto al oído, por lo que ella asintió con un suave movimiento de su cabeza.
Subieron por la escalera que conduce al balcón que mira al natatorio, en donde él le tomó el rostro suavemente con sus manos y la besó largamente bajo la luz de la luna que a esa hora se había situado sobre ellos y su luz caía sobre la superficie de la piscina, mientras los suspiros de ella a él le parecían soplos intermitentes de brisa del mar que llega por la noche y recorre suave la arena de la playa solitaria.
Más tarde al llegar él a su casa, ya muy entrada la madrugada y antes de entregarse al dulce y reparador sueño, imaginó que las flores de la guirnalda que ella llevaba en su cuello se durmieron al recibir el soplo de sus labios entreabiertos, igual que cuna de nácar que empuja el mar y acaricia el céfiro (brisa suave). Y un instante antes de dormirse, pensó: ¿Quién pudiera dejar el tiempo así deslizarse? Y en voz baja dijo para sí mismo: ¡Oh, si las flores duermen, qué dulcísimo sueño!
En este punto vamos a dejar en suspenso esta historia para que el lector imagine qué sucedió los días sucesivos a este feliz y romántico encuentro. No agregaremos más nada a esta historia (que es real), pues arruinaría lo bello que significa enamorarse bajo la luz de la cambiante luna.
Es lo que a algunos poetas (Bécquer) los induce a desear que las flores pudieran dormirse antes de que se marchiten y mueran, pues lo bello e intenso es algo eterno. El amor es poesía y la poesía es amor. Dios es el Supremo Poeta. El Universo, que es su obra, lo prueba. ¡Quién podría negarlo! (autor: Luis Illuminati
MENSAJE A DANIEL SALZANO
Estimado Daniel (querido "gato")
Te felicito por tus poéticos microrrelatos que escribes en tu espacio "Quienes y Cuando" que leo todos los sábados. Así como siempre mencionas la calle Jerónimo Luis de Cabrera, igual que tú, yo tengo aquí en Córdoba calles y lugares amados: la Plaza Colón, La Cañada, la Catedral de Córdoba, el Parque Sarmiento, la Avda. Valparaíso, la ex-Dasa (Hospital Aeronáutico), los colegios Monserrat, Carbó y Deán Funes, sin olvidar el Bar "El Ruedo", con vista privilegida del fundador de Córdoba(mi tocayo). Espero te guste este relato. Aunque no soy geminiano sino que soy del signo de Tauro, también soy un nostálgico incurable. Por favor no pares de escribir. Luis
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